Hace ya un par de años quizá, tuve una meditación guiada con un coach muy bueno, esa meditación me mostró algo que hoy sigue muy presente y que trato de vivirla aunque muchas veces lo olvido. Les cuento...
Estaba yo corriendo, estaba sucia, descalza, toda yo era de un color negro o gris muy oscuro pero como si estuviera toda manchada de tierra. Corría y corría y luego me encontré a mí pero toda limpia, brillante, un color blanco hermoso y me abrazó y nos unimos y nos elevamos y fuimos una.
Todos somos luz y sombra, a mí me costaba trabajo abrazar mi sombra, aún me cuesta. Pero esa experiencia me hizo entender que si no la abrazo, si no la acepto, no puedo ser yo completa y la verdad me gusta la yo completa.
Nadie somos perfectos ni podemos serlo, pretender y buscar lograrlo nos aleja de nuestra felicidad, de nuestra seguridad, de amarnos tal como somos. Nos lleva a un callejón sin salida buscando algo inexistente y por lo tanto a una tristeza y ansiedad continuas.
Hacer consciente eso hace más fácil el camino, pero sobre todo más feliz porque no hay expectativas de algo que no existe.
Soy luz y sombra, soy lo bueno y lo malo, soy lo perfecto y lo imperfecto, soy completamente YO.

Wow, eres una escritora hermosa. Esta publicación me recordó cómo las Escrituras hablan tanto de la luz como de la sombra dentro de nosotros—no como un equilibrio, sino como una transformación. En Juan 1:5 dice: ‘La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla.’ Desde mi perspectiva de fe, Dios no nos pide que neguemos nuestra oscuridad—nos invita a rendírsela. Su gracia no simplemente coexiste con nuestra sombra—la redime. Como dice 2 Corintios 5:17: ‘Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Lo viejo ha pasado; ha llegado ya lo nuevo.’ He aprendido que no puedo sanar mi quebranto por mí misma, pero sí puedo entregárselo a Aquel que me renueva y me limpia. Ya no finjo ni me esfuerzo por ser perfecta, porque a Sus ojos, ya estoy completa. Y soy plenamente amada—tal como soy. ❤
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