Dos veces en mi vida me han pedido que vuelva a ser “la linda de antes”.
Y cuando dicen “la linda”, no hablan de ternura.
Hablan de la que siempre está de acuerdo.
La que nunca dice que no.
La que sonríe aunque la ignoren en la reunión.
La que trabaja sin preguntar.
La que resuelve sin cobrar.
La que no incomoda.
La primera vez fue hace casi veinte años.
Yo vivía en una burbuja rosa.
Un mundo conocido.
Lecturas cuidadas.
Amistades de toda la vida.
Familias de toda la vida.
Una empresa estable.
Todo… igual.
Hasta que por alguna razón vinieron nuevas amistades, nuevas preguntas, nuevos autores, nuevas canciones, nuevas historias que no conocía sobre mi país y sobre el mundo. Injusticias que no cabían en mi burbuja. Realidades que no combinaban con el rosa.
Y algo cambió.
Empecé a no estar de acuerdo.
Empecé a levantar la voz.
A veces torpemente.
A veces con intensidad.
A veces considerada “grosera” por el simple hecho de no haber opinado nunca antes.
No dejé de ser linda.
Me volví más completa.
Hoy puedo amar profundamente a la comunidad en la que crecí y, al mismo tiempo, leer autores que podrían considerarse incómodos en esa misma comunidad. Me encanta Sabina. Me encanta García Márquez. Me encanta cuestionar. Me encanta ampliar el panorama.
No separo una cosa de la otra.
No soy ruptura.
Soy integración.
Pensé que esa etapa ya estaba superada. Pero hace poco me lo volvieron a decir.
“Vuelve a ser la linda de antes.”
Esta vez fue en el terreno profesional, una persona en particular quien me lo pidió. Pero no era solo esa persona. Era una dinámica que ya conocía.
Estoy pasando por un momento en mi vida que me obligó a abrir los ojos. Me di cuenta de cuánto tiempo, energía e ideas he entregado a proyectos sin rumbo claro. Sin estructura. Sin acuerdos. Sin retribución económica. Y, sobre todo, sin resultados.
Y también siendo la que, aunque haya explicado algo diez veces, tiene que volver a explicarlo con una sonrisa porque nadie se tomó el tiempo de leer el correo o escuchar en la reunión.
La que tiene que buscar un archivo o un mensaje en el mismo lugar y de la misma forma en que podría hacerlo quien lo solicita —siendo iguales, no jefe—. La que sostiene la organización mental del proyecto mientras otros solo opinan. La que persigue a todos y aún así las propuestas salen 3 meses después. Cuando ya no importa.
Me di cuenta de que tenía demasiados “directores” en mi mundo.
Personas llenas de ideas, pero vacías de ejecución.
Personas que dicen qué hacer, pero no lo hacen.
Que cambian de rumbo cada semana.
Que se entusiasman con alguien y lo olvidan al mes.
Que empiezan diez cosas y no cierran ninguna.
Y yo en medio.
Ejecutando.
Persiguiendo propuestas.
Aterrizando ideas.
Sosteniendo proveedores y prospectos que aunque otros olvidan, ellos siguen ahí y yo atendiéndolos porque seguro los necesitaremos y no está bien nada más ignorarlos.
Empujando procesos.
Mientras alguien más pedía que fuera más “linda”.
Más paciente. Más comprensiva. Menos firme. Menos "grosera".
Hoy no puedo regalar mi tiempo. Mi familia depende de mí. Mis proyectos dependen de mí. Mi energía es limitada.
Tuve que decidir qué sí y qué no.
Tuve que aprender a decirlo y a veces a gritarlo para que así, me escuchen.
Tuve que incomodar.
Y sí, incomodar molesta.
Sobre todo cuando estás acostumbrado a que alguien siempre diga que sí.
Tal vez lo que extrañan no es mi amabilidad.
Extrañan mi complacencia.
Y a esa versión, con cariño, ya no quiero volver.
